La visita al ginecólogo

Dr. Vicente Pérez Naranjo Sin categoría Dejar un comentario  

“La mujer vista por el ginecólogo”

Cuando la mujer acude al ginecólogo tiene unas expectativas determinadas y espera unas soluciones al ó los problemas de salud por las que acude a consulta.

Al mismo tiempo el ginecólogo desde detrás de la mesa observa y analiza a su paciente con una serie de prejuicios, información, conocimientos y recursos que puede poner en circulación para activar una acción terapéutica.

Los primeros instantes de la consulta son cruciales y se basan en un intercambio de miradas, una interacción de energías y un ejercicio de empatía que determina el curso de la relación profesional y humana que influye enormemente en el resultado final de los objetivos de salud que en principio han de restablecerse.

El ginecólogo no sólo debe ser un médico especialista sino también una especie de filósofo que contemple el mundo desde una órbita holística, es decir integral de la cadena del ser: cuerpo físico, psíquico y emocional, anímico e incluso en cierto modo espiritual.

Comprendo que es imposible atender todos los requerimientos y ansiedades que un paciente arrastra en cada consulta, pero es importante no olvidar la mínima ética médica y ponernos en la piel de aquel que acude a nuestro despacho en busca de ayuda, cualquiera que está sea.

Puede ser conveniente repasar frecuentemente manifiestos ó juramentos como los de Maimónides, Hipócrates, etc para no olvidar el cometido que aceptamos cuando nos parapetamos detrás de la bata y asumimos la máscara de médicos que nos atribuimos.

Despojándonos de nuestros prejuicios y apegos inmediatos debemos respetar los principios fundamentales de nuestra relación:

1.-Autonomía o derecho a la decisión personal respecto a la salud y a la empresa de la vida, 2.-Justicia o derecho a evitar cualquier tipo de discriminación respecto a raza, sexo, religión…, 3.-Beneficencia o sentido moral en vías a ejercitar el Bien o la mejora en nuestros pacientes y 4.-No maleficiencia, es decir evitar cualquier tipo de mala praxis por acción, omisión o negligencia.

Pero no sólo eso, ha que ir más allá. Deberíamos ser un espejo que devolviera la armonía, y contemplase la eudaimonia ( felicidad ) desde la prudencia y la sabiduría que se nos supone.